A 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 —inicio del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional—, las historias personales vuelven a emerger como fragmentos vivos de la memoria colectiva. En ese entramado de recuerdos, silencios y resistencias, la experiencia de Hilarión Benítez, oriundo de Montecarlo, Misiones, se vuelve una crónica íntima de supervivencia, miedo y reconstrucción.
Tenía 24 años y era estudiante en la Universidad Nacional de La Plata cuando el país se sumergió en uno de los períodos más oscuros de su historia: la Dictadura Cívico-Militar Argentina. Militante en su juventud, como tantos otros estudiantes, obreros, artistas y pensadores, quedó bajo la mira de un sistema represivo que utilizó la persecución ideológica como método de control.
En aquellos días, el miedo no era abstracto: tenía forma de operativos nocturnos, de grupos de tareas que irrumpían en las casas en busca de “subversivos”. Pero también tenía otra cara, menos visible y profundamente simbólica: la censura. Los libros, la música, el pensamiento, todo podía ser motivo de sospecha.
Fue entonces cuando Hilarión tomó una decisión que marcaría su vida. En el patio del pequeño departamento que alquilaba en Berisso, enterró parte de su mundo. Libros de autores como Pablo Neruda y Mario Benedetti, junto a discos de vinilo de referentes del folklore nacional como José Larralde y Jorge Cafrune.
“Los enterré debajo de una estrella federal, para que no se note el movimiento de tierra, pensé que sería lo ideal debajo de una planta”, recuerda hoy en diálogo con periodistas de Portal Misiones. La operación fue casi improvisada: bolsas de plástico conseguidas en una panadería lindante, manos apuradas por el contexto y una certeza que pesaba más que todo: proteger esos objetos era, en algún punto, proteger su propia vida.
La dictadura no solo desaparecía personas. También buscaba borrar ideas. La quema de libros, la censura cultural y la persecución intelectual formaron parte de un engranaje más amplio de disciplinamiento social, que pretendía rediseñar el país en términos políticos, económicos y culturales.
El tiempo pasó. Décadas. Intentos fallidos, como el del año 2001, cuando Hilarión quiso recuperar aquello que había enterrado, pero no pudo acceder al lugar. Sin embargo, medio siglo después, decidió volver. “Una cita con mi propia historia”, la define.
En Berisso, el destino lo esperaba. Los actuales inquilinos lo recibieron con afecto y le permitieron ingresar al patio. Allí comenzó una excavación cargada de ansiedad, recuerdos y esperanza. “Fue un trabajo muy grande. Cuando estaba por rendirme, encontré los libros”, cuenta.
Pero el hallazgo no fue como lo había imaginado. El paso del tiempo había hecho lo suyo. Los libros estaban corroídos, descompuestos. Apenas fragmentos ilegibles, mezclados con la tierra negra característica de la zona. Ya no eran aquellos textos que lo habían acompañado en su juventud, pero seguían siendo, de alguna manera, un testimonio.Hilarión no se llevó los libros. Se llevó las bolsas, restos de ese gesto desesperado, y un poco de tierra. Tierra de memoria.
Esa misma tierra viajó con él hasta Montecarlo. Allí, hoy, rellena una plantera donde crece una estrella federal. Un símbolo cargado de historia y sentido político, vinculado al federalismo histórico de Juan Manuel de Rosas y retomado por el movimiento peronista como emblema de soberanía, resistencia y lucha popular.“Es un símbolo muy importante para mí, un tesoro valioso de mi historia”, dice.
