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11/10/2026 - Edición Nº25

Opinión

Libertad de expresión

El periodismo y la canilla del odio en Facebook

11:18 | El enfoque cambió desde los discursos de odio hacia las conductas de odio, definidas como los ataques directos por raza, etnia, origen nacional, discapacidad, afiliación religiosa, casta, orientación sexual, sexo, identidad de género y enfermedad grave.


por Fernando Ruiz (*)


En la Argentina, Facebook es la principal plataforma de periodismo local, por lo que es un espacio público crucial para la vida comunitaria desde Jujuy a Tierra del Fuego.

También en América Latina: el estudio que hizo Fopea (Foro de Periodismo Argentino) de Desiertos Informativos y que, junto con la Fundación Gabo y Google, se extendió a Chile, Colombia, México y Perú, reveló que Facebook es la plataforma más usada por los periodistas como medio, “con picos de uso del 90% en México y 86% en Perú, y porcentajes que van desde el 69% en el resto de países”. En la Argentina, de más de tres mil medios encuestados, esa es la principal plataforma de publicación, con el 76 %. En segundo lugar, aparece el uso de un portal propio, con 68 %. En el gran Buenos Aires, el 82% de los medios consultados publica en Facebook.

Pero ese universo periodístico local depende de la relación del gobierno de turno de Estados Unidos con la empresa de ese país, Meta Platforms, propietaria de la plataforma. Hay conexión entre las señales de la Casa Blanca y el modo de control de tráfico de contenidos. Esa tensión es la que abre o cierra la canilla del odio. Y América Latina influye poco: un usuario estadounidense le da un ingreso promedio de 65 dólares, mientras que uno latinoamericano dejaría apenas 4 dólares.

No es fácil equilibrar la libertad de expresión y la circulación del odio en esa plataforma global con 3120 millones de personas, 370 millones en América Latina, y unos 30 millones en la Argentina.

Antes, uno de sus argumentos para no controlar las ondas de odio era que la inteligencia artificial aún no era eficaz. Ahora sí puede, pero hoy la señal política se orienta al polo de la libertad de expresión más que al control de los discursos antisociales.

Relax de controles

Jair Bolsonaro está prohibido en Facebook por una sentencia judicial y Donald Trump estuvo dos años prohibido. Antes de que ganara el demócrata Joe Biden, la red social había aumentado sus controles para proteger a los inmigrantes. Pero desde unos días antes de que asumiera Trump su segunda presidencia, se hicieron más laxas las normas frente a los discursos hostiles.

El director de asuntos globales de Meta, Joel Kaplan, dijo: “Hemos sido demasiado severos en la aplicación de nuestras reglas, limitando el debate político legítimo y censurando demasiado contenido inocuo, lo que ha llevado a que muchas personas sean objeto de la aplicación de normas frustrantes”. Dijo que en dos temas muy sensibles del debate contemporáneo en Estados Unidos como inmigración y género había cosas que se podían decir en la televisión o en el Congreso, pero no en la plataforma.

El enfoque cambió desde los discursos de odio hacia las conductas de odio, definidas como los ataques directos por raza, etnia, origen nacional, discapacidad, afiliación religiosa, casta, orientación sexual, sexo, identidad de género y enfermedad grave.

Facebook define distintos niveles de organizaciones peligrosas. El nivel más alto son las que generan un daño real sobre la vida de las personas, y están completamente restringidas. Son las listas de organizaciones peligrosas que enumera el gobierno de Estados Unidos: el terrorismo, el odio organizado, la actividad criminal. Está prohibido legitimar o defender actos violentos de esas organizaciones, su glorificación y apoyo de cualquier tipo. Los periodistas pueden publicar sobre esas organizaciones si es una cobertura informativa con afirmaciones fácticas, comentarios y preguntas en tono neutral o de condena.

También Facebook elimina el lenguaje deshumanizante: cuando se compara a las personas con insectos, cucarachas, plagas, animales que se perciben como inferiores, bacterias, virus o microbios, o como salvajes, demonios o monstruos.

El pasado 9 de septiembre anunció que en la Argentina y otros quince países de América Latina empezó una transición donde la verificación profesional cambiará por la colaboración de usuarios registrados, anónimos y voluntarios, que escribirán textos breves para esclarecer posteos dudosos. Para evitar el abuso, el algoritmo solo acepta esa “nota de la comunidad” si coinciden en pedirla personas que en su historial tienen opiniones diferentes. Y no se baja el contenido, solo se agrega unas pocas líneas, con un link.

La jurista colombiana Catalina Botero fue Relatora Especial para la Libertad de Expresión de la OEA (Organización de los Estados Americanos) y participó del consejo de supervisión de Meta hasta 2024. En ese consejo se evaluaban los casos concretos, pero no se tenía acceso a las decisiones de diseño del algoritmo y al modelo de negocio. Desde allí recomendaron que Facebook refuerce la protección de periodistas frente a denuncias malintencionadas que buscan silenciar sus críticas. Botero dice que las notas de comunidad son insuficientes cuando la desinformación pública es un problema tan grave y pide mantener los verificadores.

La periodista y abogada argentina Laura Zommer fue la primera directora de Chequeado y cofundó Factchequeado, para combatir la desinformación entre latinos e hispanos en Estados Unidos. Zommer dice que el método de las notas de la comunidad le resta alcance y relevancia en esa plataforma a las organizaciones chequeadoras, “por lo que llegarán menos a públicos distintos, que es siempre nuestro desafío central como verificadores. Facebook es poco transparente y no se sabe cómo funciona el algoritmo”.

Los periodistas y el odio

Existe una línea roja de la calidad periodística que es la distinción entre crítica y agravio. Y hay periodistas que la cruzan mucho, convirtiéndose en megáfonos de la demonización de sectores sociales y políticos. Ejercen una mala praxis del periodismo de opinión.

Y también existen los periodistas que no agravian, sino que informan y critican, pero los gobiernos se victimizan acusándolos de propagadores de odio.

Las plataformas cargan con la culpa de ser promotoras de las pasiones tristes, como el resentimiento, la impotencia o la ira de la comunidad. Ante eso, los directivos de Facebook dicen que, “mientras haya actividades perjudiciales en el mundo, también las habrá en internet. Eso es algo que ninguna empresa puede resolver por sí sola”. Pero es verdad que esas emociones tristes aumentan el tiempo que pasamos en esas plataformas. Facebook responde a eso diciendo que a los anunciantes no les interesa estar cerca de ese contenido. Pero cuanto más tiempo está el usuario, más anuncios le pueden mostrar.

Igual, no hay que dramatizar el argumento. Son las pasiones alegres –como el amor, la esperanza o la generosidad– las que más impacto tienen en la plataforma, como lo saben, desde el siglo XVIII, los editores de libros sobre el invencible liderazgo de las novelas románticas hasta hoy.

(*) Esta columna de Opinión de Fernando Ruiz fue publicada originalmente en el portal de Perfil.